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OPINIÓN - JUEVES, 8 DE JUNIO DE 2006

 
OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

Casas de la fraternidad

Por Víctor Corcoba Herrero


Sensibles a todo viento y bajo todos los cielos, como dijo el poeta, nunca cantemos la vida de un mismo pueblo ni la flor de un solo huerto. Por principio poético, pues, me entusiasma que el universo de nuevos hogares dispuestos a fraternizar, en plan ecuménico, crezca y se reproduzca con el cuidado del amor que todo lo despierta y lo salva. María Teresa Fernández de la Vega, a la que desde ahora nombro ama de llaves de estos amorosos espacios, dio a luz desde la torre del aire, pensando en que así se le oiría en todo el mundo, que la casa de África ha venido al mundo, desconocemos si con un pan debajo del brazo, pero ella está pletórica, a pesar de que el Gobierno de Angela Merkel haya calificado la política inmigratoria española como "publicidad para las mafias". Sin pelos en la lengua, muy segura la señora de la Vega, dijo que es voluntad firme del Ejecutivo dar prioridad y consolidar su política africana, en paralelo al aumento de la acción diplomática y la mejora de las relaciones bilaterales. En esto coinciden con Juan Pablo II, que siempre ha manifestado su predilección por África. Por lo menos ya tiene este gobierno una aproximación a los católicos, porque lo que es en el terreno educativo está la cosa fea. Aunque bien es verdad que, con esto de los proximidades, dicho sea de paso, hay que tener mucho ojito. Hasta el punto que la verdadera sexualidad no crea que es el simple acercamiento de los sexos –dijo Marañón-, sino el trabajo creador del hombre y la maternidad de la mujer. Pues con el continente africano pasa lo mismo. Necesita todos los dones y cuidados, pero el trabajo creador de la justicia y la materno-parental reconciliación, es la mejor manera de colaborar en la esperanza de un pueblo, que ha de ser el verdadero protagonista de su futuro, el auténtico actor y el sujeto de su destino.

En esta dirección, la Casa de África, que ya tiene otras dignísimas hermanas, por cierto no muy conocidas en sociedad, la de América y Asia, pretende crear un foro para actividades culturales, académicas, artísticas y comerciales, que sirvan para desarrollar el entendimiento entre la sociedad africana y la nuestra. En la misma línea, también la Casa de América nació como uno de los proyectos para la conmemoración del Quinto Centenario del Encuentro de dos Mundos, inaugurándose en 1992 con motivo de la capitalidad cultural europea de Madrid y coincidiendo con la celebración de la II Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Y asimismo, en el mismo sentido germinó la Casa de Asia con el objetivo prioritario de promover y realizar proyectos y actividades que contribuyan a un mejor conocimiento y al impulso de las relaciones entre España y los países de Asia y del Pacífico, especialmente, en el ámbito institucional, económico, académico y cultural.

Pensando que nuestra vida, la de todos, está en el aire dando vueltas y revueltas, y que todos somos uno, estimo que estas fraternas Casas deben tener ese calor de hogar apetecible, para que puedan contribuir a que nos conozcamos mejor, nos respetemos más y, de este modo, puedan caer los muchos rascacielos del odio levantados por los humanos en la tierra. Lo malo es que para fraternizar necesitamos tener buenas mimbres. Para empezar, nuestra cultura actual vive del pasado y la que despunta como vanguardista deshumaniza más que humaniza. No sé hasta que punto está dispuesta nuestra cultura a universalizarse, a fundirse con otras en verdadera solidaridad, a hacer casa común y no isla, lo que implica, comuniones y exigencias. Si un día pudiéramos decir de verdad que estas Casas, las de África, América o Asia, han servido para unirnos, para hacer familia y familiarizarnos con otros cultos y otros cultivos, sería un gran paso adelante; porque por ahora, mucho me temo que están pasando sin pena ni gloria para la gran ciudadanía, aunque ofrezcan un montón de actividades y tengan pulcras intenciones de cultivarnos.

Se me ocurre pensar que estas Casas, todas ellas de creación más o menos reciente, habría que darle más protagonismo y nuevas responsabilidades, que no se quedasen en meras instituciones de buen ver y mejores colocaciones, sino de servicio constante y continuo. Siempre en guardia como los verdaderos poetas. Podrían desarrollar un papel de órgano consultivo para los gobiernos, conciliador para todas las civilizaciones, otorgándole autonomía, medios y materiales suficientes, para que realmente puedan fomentar debates en libertad para todo el pueblo, diálogos de altura intelectual y no mediáticos; capaces de propiciar, en definitiva, el sano fomento del progreso cultural y la cooperación internacional. Estoy convencido de que estos sabios lugares, cuando se conviertan en verdaderas casas de la fraternidad, de que pueden ser un puente maravilloso de hermanamiento. Para contribuir a la edificación de un mundo más humano, no hay que mezclar los intereses partidistas; hay que situar en la cúspide, el reconocimiento y ejercicio efectivo del derecho personal a la cultura.

Por ello, considero, que las nuevas Casas de la Fraternidad son necesarias y han de crecer, tanto en cantidad como en calidad, hay que ponerlas de moda como las terrazas de verano, para que sus actividades contribuyan a un mejor conocimiento de unos y otros, a fin de que conociéndonos se puedan impulsar auténticos desarrollos. Todas ellas debieran enraizarse a la Real Academia de la Lengua Fraterna, lenguaje que yo invento ahora mismo, por aquello de limpiar conciencias, fijar acervo solidario y dar esplendor a los signos que salen del corazón. Con urgencia hay que poner también una Casa de Fraternidad en cada barrio, porque hay muchos que todavía no tienen techo; y en cada Estado, porque hay muchos que aún no tienen libertad; y en cada océano, porque hay muchos que se mueren de sed y hambre; y en cada esquina del mundo, porque cada día también son los más, los que viven con soledad en vez de con los vivos. Qué vivan, en suma, con todos los honores de servicio estas Casas de la Fraternidad del nuevo siglo, avivando el culto a la cultura fraterna. Qué vivan.
 

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