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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 3 DE MAYO DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Realidad nacional
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Leyendo todo lo referente a esa realidad nacional que se han sacado de la manga los políticos para que aparezca escrita en el preámbulo del nuevo Estatuto de Andalucía, he pensado inmediatamente en José Antonio Sánchez Araújo.

¿Dice usted que de quién estoy hablando? Hombre, parece mentira su desconocimiento; pues de un periodista deportivo que jamás ha renunciado a su forma de hablar por más que por delante tenga todos los micrófonos destacados de una España donde hay regiones que andan todo el día roneando de contar con una lengua literaria.

Sánchez Araújo (¿te acuerdas Juan Vivas cuando lo invitaste a venir a Ceuta y lo mucho que nos reímos con la forma de contar las anécdotas de su profesión?) narra los partidos de fútbol con la fonética andaluza. Es un andaluz culto que no se avergüenza de cecear y que mantiene a gala seguir la línea de quienes nunca renegaron de un habla que bien pudo obtener el rango de lengua oficial en su día.

Nombres hay que en su momento hicieron todo lo posible para que los andaluces no se sintieran cohibidos con su pronunciación. Pemán fue figura principalísima en esta labor. Secundado por hombres como Manuel Barrio, Miguel Salcedo Hierro o Pepe Da Rosa -recitador, humorista y actor-, entre otros.

Pero Andalucía había tenido ya su oportunidad de elevar el lenguaje andaluz a un rango idiomático escrito, de proyección universal. Fue allá entre 1900 y 1936 cuando los andaluces contábamos con un grupo de escritores famosos y que bien pudieron aprovechar su inmenso prestigio para escribir en andaluz.

Sin embargo, a todos ellos les pudo la vergüenza y, sobre todo, escribieron en castellano por motivos varios pero buscando siempre salvaguardar sus intereses. Profesionales como políticos. De ahí que, como nos cuenta en El Polémico Dialecto Andaluz, José María de Mena, ni Antonio Machado, ni Juan Ramón Jiménez, ni Alberti, ni Lorca, tuvieran el menor gesto solidario con la lengua de su tierra.

Conviene también recordar que el lenguaje andaluz tuvo, políticamente, muy mala suerte: las ‘derechas’ enviaban a sus hijos a colegios y Universidades de Madrid, y a ser posible al extranjero, pues consideraban el andaluz como una manifestación de incultura y atraso, bueno solamente para hablarlo los gañanes de la finca.

Pero las izquierdas por su parte, según el citado José María de Mena, tampoco dieron al andaluz un mejor trato. Porque lo consideraron como expresión del “señoritismo” y de los “capillitas”, es decir de los dos grupos odiados: los terratenientes, y la gente de la iglesia. Lo cual hace que Machado retrate en uno de sus poemas al señorito andaluz “diestro en manejar el caballo y en refrescar manzanilla” y que acaba sus días haciéndose hermano de “una santa cofradía. ¡Aquel trueno vestido de nazareno”.

En realidad, entre unos y otros perdieron la gran oportunidad de darle vida a una poderosa fuerza idiomática andaluza, que nos hubiera colocado a los andaluces en igualdad de categoría con el gallego, el catalán o el valenciano. Máxime cuando detrás de nosotros había nada menos que doscientos millones de hispanoamericanos, que hablan con acento andaluz, con el seseo andaluz y con nuestras síncopas y apócopes.

Por consiguiente, como diría Cardeñosa -el del fallo inmortal contra Brasil- en Canal Sur, querer a estas alturas conseguir que Andalucía siga los pasos de Cataluña, sin más referente en el lenguaje propio que José Antonio Sánchez Araújo, me parece un despropósito. Por más que el maestro del micrófono merezca todos los homenajes que se le han hecho y muchos más. Bien haría Juan Vivas en invitarle a venir a Ceuta.
 

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