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OPINIÓN - JUEVES, 4 DE MAYO DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Manzanares se ha cortado la coleta
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Los años 60 estaban tocando a su fin cuando surgieron dos novilleros que despertaron el interés de los aficionados que llegaban a la plaza con prisas por verlos. Formaron pareja y cada tarde rivalizaban en el ruedo a ver cuál de ellos conseguía dejar al otro tocado de los nervios y esperando con impaciencia la revancha.

Eran José María Manzanares y José Luis Galloso. Y yo me convertí en un seguidor de ellos por muchos pueblos de España. Debo confesar que fui partidario del segundo. Por ser paisano y porque en sus primeras temporadas estaba que se salía y andaba por la plaza con mucho más oficio que el alicantino. Quien, por cierto, apuntaba unas cualidades extraordinarias.

La diferencia entre ambos, vista ya desde la distancia, es que Galloso alcanzó la maestría a edad temprana y su afición se fue diluyendo a medida que gustaba del confort casero. Todo lo contrario que le ocurrió a Manzanares: fue de menos a más en su carrera, y aunque era amigo de farras, ha tenido vida larga en el toreo. Tan larga que culminó en la Maestranza de Sevilla, en la pasada Fería de Abril, cuando le dijo a su hijo que bajara al ruedo maestrante para cortarle la coleta.

Momento histórico y donde varios de los muchos toreros que presenciaban la corrida decidieron al final del festejo pasear a hombros al veterano maestro y sacarlo de esa guisa por la Puerta del Príncipe. Saltándose el Reglamento taurino a la torera, nunca mejor dicho, entre las aclamaciones de un público que había abroncado al famoso diestro en el primer toro de éste.

Con Galloso, maestro que, durante varios inviernos, trabajó disciplinadamente el aspecto físico en el José del Cuvillo, bajo mis órdenes, tuve yo la amistad que suele nacer entre paisanos que se admiran. José Luis era un chiflado del fútbol. Y le sigue chiflando. Puesto que la última vez que lo vi fue esta temporada en el campo del Portuense.

A Manzanares, sin embargo, lo traté ya tarde. Ocurrió en el verano de 1982, cuando el Mundial de España, y me lo presentó un novillero de mi pueblo: José Cañas, Cañitas. Un novillero que manejaba el capote como Manolo del Pino, y que hacía unas faenas tan cortas como pintureras y dignas de la bahía Gaditana.

Cañitas, que tenía la gracia a esportones y que nació convencido de que la vida es tan corta que había de vivirse intensamente y con brevedad, era compi de Manzanares y a éste el estar con José le permitía reírse a mandíbula batiente y olvidarse de que los toros dan cornadas.

Recuerdo que el maestro Manzanares iba dispuesto a estar dos días con sus noches sin dormir. Y allá que me apunté a una jarana que principió bien y terminó superior. Y es que a la gracia de Cañitas, a sus ocurrencias, y a su sentido de ponerse de todo hasta la coronilla, pero sin molestar a nadie, se sumó el saber estar de ese pedazo de torero y mejor persona que es José María.

Durante unas horas estuvimos en el Bosque, en no sé que venta, debido a que allí quería ir Pepín Vega: un matador de toros sanluqueño, que luego estuvo en la cuadrilla de Paco Camino. Y puedo decir que jamás he podido reírme tanto.

Terminada nuestra larga correría, tanto nocturna como diurna, Manzanares quiso intercambiar camisas conmigo. Y allá que se desprendió de una que le habían regalado en tierras peruanas. Días después tuve la oportunidad de conocer también a su padre. El cual hacía poemas con faltas de ortografías y trataba de enamorar a las mozas de los alrededores del cortijo de su hijo por Medina Sidonia.

Se ha ido un grande del toreo: el maestro Manzanares. Cañitas, a partir de ahora, no frecuentará más su barrera del cielo.
 

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