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OPINIÓN - JUEVES, 4 DE MAYO DE 2006

 

OPINIÓN / ESPAÑA CAÑÍ

Más de lo mismo
 


Nuria Van Den Berghe
nuriavandenberghe
@elpueblodeceuta.com
 

Esta vez la convocatoria de tres días de Macrobotellón ha sido en Granada. Increíblemente, el Ayuntamiento, en sano ejemplo de “tolerancia” y de “modernidad” ha habilitado un lejío polvoriento para que la juventud se reúna hasta caer en el como etílico, porque esa es la gracia de tan singular movida “A ver lo que el cuerpo aguanta a base de calimochos y de todo tipo de mezclas espiritosas francamente letales.

¿Y saben lo más triste de esta movida? Pues que coincide con una fecha que, todos los que fuimos universitarios en Granada recordamos con una mezcla de emoción y añoranza :Las Cruces de Mayo. ¡No vean servidora, tan castroja, recién salida de un Nador! Cuando me vi en la Plaza Nueva, allá a la vera del Darro, donde el Paseo de los Tristes que bordea la Alambra y perfuma el limonero, enfrente de una Cruz de Mayo de claveles blancos reventones, con mantones de Manila engalanando el altar, orfebrería fina, puro barroquismo andaluz, prodigio de arte floral. Embelesaíya me iba quedando, nos íbamos quedando los novatos de primero de Derecho, llamados “borregos” paseando la ciudad en busca de cruces, cada una más bella que la anterior y entre cruz y cruz un tapeíto fino, unos vinillos dulces que eran la bendición de Dios y un vivir intensamente ese día de mayo, tan especial, tan ornamentado, tan increíblemente estético.

Y ahora, estos mierdas, se convocan por SMS y se dan cita en un terreno baldío y apestoso, donde beben, vomitan y orinan tan agustamente, mientras que las calles de la ciudad de Granada a pocos kilómetros de el colocón etílico, asemejan un museo al aire libre, un lugar que, si se es meridional, como todos somos, es necesario visitar y disfrutar intensamente.

Con las Cruces granadinas pasa como con los patios cordobeses, una vez al año, pero una vez que se siente a tope y se paladea con las papilas gustativas del alma. Lo ignominioso de la inculta iniciativa de borrachera colectiva es que han puesto como excusa el que, en la ciudad del Darro se celebraban las cruces, pero a los chusmones asistentes a las litronas y los gusanitos como todo manjar, les trae un mucho al pairo cualquier tipo de manifestación de nuestra cultura y si de esa juventud borrachaza y borreguil depende el futuro de nuestra España, pues les digo que vaya porquería de futuro, porque a unos tiparracos y tiparracas que enchufan con las cámaras de televisión y salen dando botes con aspecto de estar en la más pura diversión y encima reivindican su derecho a la libertad de reunión callejera porque las bebidas en los bares son caras y el botellón y la litrona emborrachan de barato, entonces es que tienen la sensibilidad de una auténtica boñiga.

¿Qué si soy la abuela Cebolleta? No creo, soy de esas personas que todavía piensan que es posible recuperar a los afectados por los pésimos planes y leyes escolares e intentar reeducarles en unos valores que no sean los lacrimosos de siempre, sino aquellos que empezaban por el honor, seguían por el valor y la lealtad y acababan por el amor propio y el sano afán de superación.

Para que nos vamos a engañar. Los botellones son claros exponentes del fracaso de padres y educadores que hemos permitido formar a generaciones sin normas claras éticas y estéticas, donde se nos olvidó comenzar por ese axioma principal de “El estilo es el hombre” que postulara el filósofo de la nueva derecha francesa Alain de Benoist allá por los ochenta.

En las macromovidas etílicas con bebidas a granel compradas en los supermercados o en las tiendas veinticuatro horas de los chinos, anti anti-estilo, hay cutrerío, hay gentucerío, el lugar de la convocatoria acaba convertido en un hediondo vertedero, se chapotea en meados y el que más vomita y echa las tripas por la boca es el que más gracia tiene “¡No es nadie el muy joío!¡No veas el ciego que s´ha pilláo el cabrón!” y los coleguitas se parten el culo de risa porque consideran muy gracioso el que llegue el Namur y se lleve a adolescentes desmayados, el no va más de la hilaridad.

¿Soluciones? Ordenanazas municipales prohibiendo taxativamente el consumo de alcohol en la vía pública, llámese plaza, calle, avenida, lejío polvoriento o cementerio. Porque a algunos góticos, que son esos mamarrachos que se visten de negro y se pintan las caras de blanco y los labios de azul, les dan morbo los camposantos a los muy mamones. Les digo, con perdón de la expresión, que si a mi me sale un hijo o una hija gótica le estoy pegando palos hasta que el lomo le huela a ajo. Cuando le huela a ajo paro, no antes.

Me dicen, me comenta, que en Ceuta no existen esas escandaleras de alcohol y añadidos o sucedaneos, léanse todo tipo de drogas, porque cada cual va a su rollo y los pastilleros solo beben botellines de agua. Pues aquí, en el sur las padecemos, la última en Granada, la próxima convocatoria de tres días etílicossolo el buen Dios sabe donde y también se preguntará como los papanatas de los ayuntamientos son capaces de apoyar, promover, jalear y resultar divertidísimo ese desmadre sin paliativos. Y cada vez, más de lo mismo.
 

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