PortadaCorreoForoChatMultimediaServiciosBuscarCeuta



PORTADA DE HOY

Actualidad
Política
Sucesos
Economia
Sociedad
Cultura


Opinión
Archivo
Especiales  

 

 

OPINIÓN - SÁBADO, 27 DE MAYO DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

La Feria del Libro
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

La plaza de África es sitio muy recoleto. A mí me lo ha parecido siempre. Desde la primera vez que puse los pies en esta ciudad. Hubo un tiempo, cuando yo vivía en el hotel La Muralla, que antes de irme a la cama me gustaba sentarme en uno de sus bancos para empaparme del silencio de la noche avanzada y que sólo era roto por las conversaciones de la flora.

En la plaza de África me ha cogido a mí muchas mañanas antes de que la madrugada asomara su rostro al alba. Y es que uno, en aquel tiempo, noctívago por deseo y obligación, gustaba de pensar en sitio hecho a la medida para tal menester. De ahí que me haya alegrado de su elección para que en ella sean instaladas las casetas de los libreros en esta Feria del Libro que ya ha empezado.

En uno de esos bancos, hojeando yo una noche el segundo tomo de los Carnets de Albert Camus, regalo de uno de mis clientes del Pub Tokio, me llamó la atención el siguiente apunte: “En el drama antiguo, el que paga siempre las consecuencias es el que tiene razón: Prometeo, Edipo, Orestes, etc. Pero esto no tiene importancia. De todas maneras, con razón o sin ella, todos acaban en el infierno. No hay recompensa ni castigo...”. Menos mal que hace unos años, Juan Pablo II nos dijo, o así lo entendimos muchos, que no existe el averno. Y entre eso y el saber que a los hipócritas se les habrá acabado la razón de serlo, por sistema, respiré tranquilo. Porque ir de fariseo, diariamente, debe de ser un cilicio peor que picarse las carnes con látigo adecuado al efecto.

¿Dice usted que cómo se conocen a los fariseos? Muy fácil: suelen andar de lado y casi siempre portan un maletín en cuyo interior llevan papeles blanqueados. Y así, cuando se les piden las cuentas de los dineros públicos manejados por muchos de ellos, pegan un respingo e invocan a Dios para que castigue a los osados, murmuradores, miserables, etc, que se han atrevido a pedirles una auditoría. Algo tan normal en los tiempos que corren. Máxime cuando muchos de ellos llevan veintitantos años sin dar a conocer que hacen con los dineros de la cosa que dirigen.

Perdonen esta digresión, de manera que vuelvo otra vez a lo de la Feria del Libro. Lo primero que haré, en cuanto ponga los pies en el recinto, es comprarme el último libro de Mario Vargas Llosa: Travesuras de la niña mala.

Una novela, según nos anticipa la publicidad, que está hecha para seducir. Que es lo menos que se le puede pedir a toda clase de escritura. Y es que la seducción es el arte de saber agradar. Flaubert lo llamaba “hacer soñar”. Pero el saber agradar supone, según los manuales, un estilo correcto. Un estilo correcto es, o debería ser, como un traje a medida. Y no olvidemos que hay un segundo momento que se llama interesar por medio de la eficacia.

Eficacia es lo que Juan Vivas tiene que pedirle a los suyos. Y, sobre todo, decirle a Yolanda Bel que no yerre tanto a la hora de ponerse delante de los micrófonos. Ya le recomendé a ella que visitara ese pueblecito de Irlanda donde se encuentra la piedra Blarney. Con el fin de que hiciera todo lo posible por besarla y regresar con una labia superior a la que Carreira se ganó haciendo de predicador, durante sus años mozo. Cierto que Emilio tenía aptitudes para, haciendo las prácticas consiguientes, convertirse en un orador capaz de hacernos ver que lo blanco es negro.

En fin, dado que estoy llegando al final de esta columna y la Feria del Libro me ha hecho ganarme el jornal de hoy, me siento obligado a salir pitando hacia la plaza de África y pasarme un tiempo delicioso viendo títulos y comprando algo más que la novela de don Mario...
 

Imprimir noticia 

Volver
 

 

Portada | Mapa del web | Redacción | Publicidad | Contacto