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OPINIÓN - DOMINGO, 28 DE MAYO DE 2006

 
OPINIÓN / ALGO MAS QUE PALABRAS

Ofertorio

Por Víctor Córcoba Herrero


En esas horas íntimas de gran recogimiento, -como dice Villaespesa- , cuando podemos escucharnos y volar como una mariposa sobre los labios de luna, suelo echar las redes del verso a la tierra más próxima, vayamos que se muera de soledad mi vecino y no me entere, para escribir lo que se cuece por dentro. Me gusta sentir lo que el huerto de la vida solloza por sus caracolas. Y escribir a corazón abierto, porque la libertad es eso. La falta de solidaridad y cooperación me pone de los nervios. Resulta bochornoso tragarse políticas de corte individualista, que no reparan en la injusta repartición de las riquezas y que conciben al hombre como individuo autosuficiente, inclinado a la satisfacción de su interés propio ¿Dónde están las políticas de corte familiar o de corte solidario? Yo no las veo por ningún sitio. Como tampoco veo la construcción y defensa de una vida más humana. Un ejemplo, sacado de una noticia, puede servirnos como fundamento. Lo importante no es si Zapatero comunicará en junio el comienzo del proceso de diálogo con ETA, lo fundamental es que el terror no siga deshumanizándonos, destruyéndonos, llevándonos al terreno de la selva. Lo vital es el valor de la vida.

En nuestra España, los aires afligidos, los del boca a boca, ya no vienen de los amantes al no ser correspondidos por la dama, vienen de los líos de familias endeudadas como nunca, de habitaciones separadas, o de familias unidas a las que se les resta derechos ancestrales. Comprendo que Benedicto XVI al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador de España ante la Santa Sede, dijese sin titubeos que no se pueden pisar derechos esenciales como: nacer, formar y vivir en familia. Al Papa debió llegarle el humo de las voces desencantadas, la queja de amores descorazonados, y puso el dedo en la llaga. No se cortó un ápice y censuró con dureza la política educativa y familiar del Gobierno. Que es de una insolidaridad manifiesta, en mi opinión. El olfato de Benedicto XVI es de una lucidez grande y de una buena sintonía con el pueblo, que a estas alturas del desconcierto ya no sabemos si es el de Dios o el de ZP. Lo digo porque aumentan los alejados, mientras Zapatero suma votos. Claro está, humanos somos, la cruz es más difícil de llevarla que subirse al carro del poder para sentirnos dioses.

Se han perdido tantas almas en cancioneros agresivos (los quemados de la política, los quemados de la economía, los quemados de la vida…) que lo transparente en España no se lleva, salvo en la moda femenina, porque seguimos igual de machistas que siempre. Los vínculos del amor para toda la vida, aquellos que fueron clara pureza, los hemos convertido, de la noche a la mañana, en sequedales que ahogan el manantial de los días. Ahora, del amor al odio, hay menos que un paso.

Las calles en la tierra madre, o sea en la madre España, queman como brasas efervescentes por doquier. El deseo de vengar la injuria se da en todas las estaciones del año. La propensión a sentir o expresar ira es moneda de cambio. El espíritu de negación llevado hasta el furor es cátedra. Al final, los que más pagan este calvario son los teleniños, que son los niños que han sustituido a sus padres por un electrodoméstico que genera violencia y sexo a raudales. Es la mejor manera de convertir a un niño en delincuente, lo sabemos y lo saben las instituciones, pero lo consentimos, se consiente que el niño duerma con la tele. Los efectos ahí están. Las detenciones de menores por asesinato y homicidio van en aumento; y la solución, pienso, que no será endurecer las penas, sino cambiarlo de atmósfera familiar.

Convendría reflexionar sobre violencias sembradas por los adultos a los niños, en ocasiones para la afirmación del propio poder. Si en el mundo animal rige la ley del más fuerte parece como que el ser humano quisiera destruir su propio orden, olvidase su inteligencia en el baúl de los recuerdos y diese rienda suelta al espanto. El tiempo actual es un tiempo que se mueve por instintos y esto es muy peligroso. Hace falta que la ética, esas tablas de la ley humana que hemos dejado de sentir fascinación por ellas, ajuste el humano reloj que llevamos dentro y ponga cada cosa en su sitio, sin confusiones ni laberintos, antes de que nos plante cara el universo con sus fenómenos devastadores.

Dicho sea de paso, aunque España es el líder europeo en diversidad biológica, me inquieta que padezcamos alteraciones en el ecosistema mediterráneo, en zonas de montaña como Sierra Morena, Montes de Toledo y Sierra de San Pedro, donde se refugian algunas de las especies en mayor peligro de extinción. Igual que me perturba, por su incoherencia, lanzarse como autores de la alianza de las civilizaciones y que se pongan más bien escasas políticas de carácter asistencial y de promoción e integración social. Tanto a los que vienen de afuera como a los que ya están dentro. Queremos ser líderes, pues seámoslo de verdad, la naturaleza nos ha donado serlo de la variedad biológica, quizás esa mismo universo quiera que también lo seamos de la pluralidad cultural, pero sino ponemos en práctica el don de la acogida y el del reparto, habrá bolsas de pobreza en creciente y aumentará el desorden.

Los desórdenes, aunque pueden potenciar la imaginación, prefiero el placer de la razón ante el orden. Además, haciendo gala del título de la columna, siempre ha sido propicio el ofertorio para mostrar gestos tangibles de caridad. Nosotros somos la propia ofrenda, y como el noble estímulo del beso, no estaría demás esforzarse en poner la esperanza en la boca. Iniciativas, como por ejemplo: “El mundo en marcha contra el hambre” (Walk the World), sugerida por el Programa Alimentario Mundial de las Naciones Unidas, es un buen testimonio. Se busca sensibilizar a los gobiernos y a la opinión pública sobre la necesidad de una acción concreta y oportuna para garantizar a todos, en particular a los niños, la libertad del hambre. Pues sigamos con otras iniciativas, yo propongo esta: España en marcha a favor de España. Esto es barrer para casa. Pero es que la casa está, mangas por hombro.
 

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