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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 1 DE NOVIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

El poder de la seducción
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

De haber vivido Juan Vivas en Grecia, durante los comienzos democráticos, a buen seguro que habría sido condenado al ostracismo. Un exilio que se imponía a cualquier personalidad que cobrara demasiada importancia. Era, sin duda, la preocupación esencial para defender al régimen contra la influencia particular de un individuo o de una camarilla.

Cuando Alcibíades, adornado de todas las seducciones que podían conmover a un ateniense, intente arrastrar tras sí a la juventud y a los ambiciosos y dárselas de hombre providencial, Atenas cederá lo bastante como para perdonarle, pero nunca para abdicar. Y Pericles, antes que él, hubo de luchar a la vez para afirmar su prestigio y para desarmar las desconfianzas que precisamente éste suscitaba. Lo pueden leer en Historia de las Ideas Políticas.

El sábado por la mañana, cuando aún parecían oírse los ecos de las aclamaciones a Juan Vivas en el Parador La Muralla, la noche anterior, pude presenciar que es verdad que la chavalería acude al presidente con tanta naturalidad como jamás nunca antes he visto que suceda con ningún político.

Iba el presidente hacia el interior del Ayuntamiento, y un grupo de adolescentes lo abordó en la escalinata del edificio, a fin de contarle que se habían quedado sin entradas para un espectáculo que se celebraba esa tarde. Y Juan Vivas les explicó que no estaba en su mano facilitarles las entradas. Pero lo hacía de manera tan convincente, tan dominador de la situación, que los chavales acabaron por estar como unas castañuelas. Una escena presenciada por mí y de la que saqué conclusiones.

Esa manera de seducir a los demás, a la primera de cambio, es la que los griegos trataban por todos los medios de erradicar de la vida pública. Hay que añadir que en la Grecia de entonces, las magistraturas eran, en su mayoría, sacadas a suerte. Y esto no sólo porque la suerte era considerada como la manifestación de la voluntad divina, sino, sobre todo, porque el procedimiento parecía a los demócratas el mejor medio de mantener la estricta igualdad inicial de posibilidades.

“En efecto, tiene en jaque al prestigio del origen, de la riqueza o de la gloria militar y permite refrenar las miras autoritarias de un individuo, de una fracción o incluso de una mayoría e impedir, en principio, las intrigas dentro de la Asamblea. Por último, los demócratas afirman que la democracia reside en el pueblo y que no se delega jamás”.

Lejos queda ya lo de votar el demo en la plaza pública, en el ágora donde todo se discutía. Pero de aquel socorrido escenario del mundo helenístico, hemos pasado a confiar ciegamente en los partidos. Hasta el punto de haberlos revestidos de una fuerza que ha desembocado en la partitocracia. De un poder donde una minoría, especie de camarilla aristocrática, decide nombrar a los candidatos que se convertirán en nuestro gobernantes durante cuatro interminables años. Fecha en la que podremos otorgar nuestra confianza a las mismas siglas o a otras.

De los partidos, desgraciadamente, los ciudadanos desconfían cada vez más. Y mucha gente opina que lo mejor sería votar a las personas. Algo que haría recuperar la ilusión perdida en gran parte del electorado. Máxime cuando las ideologías de los partidos son calcadas, y, por tanto, han de abundar sus componentes en las diferencias poniendo en juego debates impropios e indignos por parte de los correspondientes voceros.

En esta ciudad, aunque amparada bajo las siglas del PP, los ciudadanos están votando ya a la persona. He aquí, pues, cómo Ceuta se ha adelantado a las demás ciudades. Todo gracias a Juan Vivas. Y a pesar de que sus corifeos se muestran ridículos y zafios.
 

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