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OPINIÓN - JUEVES, 16 DE NOVIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Muecas asesinas
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Cuando el Gobierno comenzó a hablar del proceso de paz en el País Vasco, recién instalado en La Moncloa José Luis Rodríguez Zapatero, uno creyó que el milagro podía producirse. Y que ETA, banda de asesinos, estaba dispuesta a dejar las armas; aunque, lógicamente, convencido de que las conversaciones serían duras y el desenlace final, si acaso feliz, no sería cosa de coser y cantar. Con tales pensamientos, debo decir que me causaba enorme irritación las críticas negativas al proceso de paz que hacían los políticos del Partido Popular. Me sentaban muy mal y propiciaban que Acebes y Zaplana, siempre a punto de no conceder un ápice de posibilidades al Gobierno, en este asunto, pasaran a engrosar la lista de personas con las cuales apenas si me puedo identificar en nada.

Me costaba lo indecible comprender, por más que tenga asumido que el egoísmo de los políticos no conoce límites, que ambos dirigentes populares estuvieran todo el día atentando contra las ilusiones de quienes pensamos que ha llegado la hora de que se acabe esa sinrazón por parte de unos desalmados que gustan de matar a quienes no piensan como ellos.

A veces, cuando alguien me ha amenazado por opinar, he sentido lo terrible que es verse perseguido. Y para qué contarles los padecimientos que ocasiona haber sido objeto de un atentado en toda regla. Con la suerte, claro está, de poderlo contar. Aunque las secuelas físicas y psíquicas, de semejante atropello, permanecen y permanecerán presentes hasta el fin de mis días.

Por todo ello, suelo meditar sobre el valor que derrochan todas las personas que viven dedicadas a la política en una tierra donde si no eres nacionalista -es decir, si eres del PP o del PSOE-, te la juegas desde que amanece hasta que anochece. Un día y otro día; un mes y otro mes; un año y otro año. Terrible situación que termina minando la salud de los amenazados. Sin olvidar a sus familiares: sabedores en todo momento que pueden recibir la peor de las noticias en cualquier instante. Un sinvivir que ni siquiera la costumbre es capaz de evitar tan enorme sufrimiento. El sufrimiento del miedo.

Pues bien, poco a poco, el proceso de paz pierde gas y me parece que está pasando por un trance más que delicado: vuelta al terrorismo callejero; dos policías locales en un tris de ser quemados a lo bonzo; amenazas de chantaje al presidente y un deseo de imponer a los jueces el derecho a que sentencien a gusto de Otegi y los suyos. Y, claro, a mí se me aflojan las tuercas de las ilusiones y caigo en la cuenta de que Acebes y Zaplana se pueden salir con la suya.

No obstante, a pesar de lo reseñado, que no es moco de pavo, lo peor es cuando las cámaras de televisión se meten en los juzgados para enseñarnos cómo se comportan los etarras a la hora de ser juzgados. Es entonces, créanme, cuando se me caen los palos del sombrajo. El comportamiento chulesco y deshumanizado de tales individuos es superior a mis fuerzas y me pongo a desearles lo que no está en los escritos. Ramalazo de ira que me deja obnubilado durante ese tiempo que me ofrece el telediario para que me sea posible observar cómo hacen befa y mofa de las víctimas desde esa jaula de cristal en la cual deberían momificarse. El martes, o sea anteayer, veo a Eduardo Madina contando su tragedia por mor del atentado de que fue objeto por medio de un coche bomba, en el año de 1992, y me sobrecoge su declaración: “En mi casa se hizo de noche y una sombra de pena y tristeza envolvió a mi familia”. Mientras Madina relata que es hijo único y producto del trabajo y esfuerzos de sus padres y habla de la depresión y muerte de su madre, las risas de Iker Olabarrieta y Asier Arzallus, etarras, me parecen las muecas de unos asesinos incorregibles. Así, el proceso de paz se irá al carajo.
 

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