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OPINIÓN - LUNES, 27 DE NOVIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / ESPAÑA CAÑÍ

De guiños y emociones
 


Nuria Van Den Berghe
nuriavandenberghe
@elpueblodeceuta.com
 

¿Han leído ya la autobiografía del General Rodríguez Galindo? Les aseguro que es un libro correcto e interesante para quienes estén interesados en escarbar un poco en aquellos años duros del terrorismo, en los que, los niños andaluces, jugaban a las adivinanzas “¿Cuál es el río más largo de España? El de la Guardia Civil, que nace en Andalucía y muere es en el País Vasco”. Es la vida del último gran héroe de nuestra España, el más condecorado por su valor y el que fue capaz de desarticular con un puñado de hombres valientes de Intxaurrondo, más de cien comandos de ETA.

El texto me impresionó, pero no fue hasta el último párrafo de la última hoja de esta primera parte de las memorias del General, cuando se me saltaron las lágrimas, porque, mi amigo entrañable de tantas tardes de domingo, cuando hacíamos tertulia epistolar yo, desde esta Málaga marinera y él, los primeros años desde la cárcel de Alcalá de Henares y más tarde desde el infierno helado de Ocaña al que pensaron que jamás sobreviviría porque estaba enfermo del corazón y aquello era durísimo y le tenían aislado, como a un animal. El maestro que me enseñó con su ejemplo tantos valores: la lealtad, el patriotismo, la integridad, la honestidad, el valor, la paciencia y la fe en Dios sin fisuras, a lo bestia, ese maestro, no ha querido acabar su libro sin hacernos llegar un guiño de amistad a mi marido Erik, el viejo pintor y a esta escribidora, Nuria, que le enviaba crónicas de sentires y pareceres.

Entre los miles de personas que le escribieron en algún momento solo aparecen reflejados nuestros nombres : Nuria y Erik. Y eso me ha hecho recordar las aventura de hacer llegar un cuadro grande de una Virgen niña a un penal militar por medio de Seur, para que hiciera compaña a mi General, como me contestó informándome de que ya nunca jamás “entraría en combate” sin dirigirle una oración. Me contaba el júbilo de los militares presos y la devoción inmensa cuando, el capellán, bendijo el cuadro con nuestro bello ritual cristiano y la celda se llenó de la luz de Dios. “Cronista” me llamaba con su letra menuda y picuda, de esas que se aprendían haciendo planas de ortografía mojando el plumín en el tintero. Y nuestra charla de años nunca se interrumpió, ni en la tristeza inmensa de Ocaña. Fue entonces cuando, el pintor, le robó a Granada un buen fragmento del Albayzín y de la Alhambra, lugares tan amados y paseados por el General y le entregamos el cuadro que casi debía ocupar la pared a la mujer del preso, a la magnífica María Fernanda, en el barecito que hay enfrente de la cárcel, haciendo esquina, donde se come francamente bien.

El guiño de mi General habla de esa ventana a la belleza de su Andalucía por donde, ni la venganza feroz del Gobierno del PP podía impedir que se evadiera. Hay, señores, mucho indigno en España que no recuperará el honor hasta que pida perdón a Enrique Rodríguez Galindo, a su familia y a quienes vivimos con repugnancia, escándalo e incredulidad la expulsión de la Guardia Civil del mayor héroe que han dado sus filas. Una de las dos Españas nos heló el corazón a todos, pero el héroe me enseñó con su ejemplo de hombría el valor de la paciencia que, en Cádiz se dice “Ya pagará el inglés el vino que se bebió”. Y si la Providencia Divina es justa el hijoputa del inglés pagará el vino con creces. Yo, he recibido el guiño con emoción.
 

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