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OPINIÓN - SÁBADO, 2 DE SEPTIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Fabio Capello
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

El regreso de Fabio Capello al Madrid, cuando se han cumplido diez años de su primera estancia en el club, supone un soplo de aire fresco para un equipo que estaba necesitado de alguien como el técnico italiano. Un técnico acostumbrado a ser el único jefe en el campo y a quien los jugadores han de responderle con hechos y nunca con tonterías de tres al cuarto.

Famoso, rico, experto, ganador de muchos títulos, y dueño de un personalismo sustentado por su manera de entender un juego que exige victorias a todo trance, no duda en elegir a los futbolistas que considera cualificados para interpretar en el césped sus ideas. Las cuales, por su sentido de la eficacia, chocan frontalmente con quienes creen que al fútbol se juega vestido de esmoquin.

Durante su primera temporada en el Madrid, los plumillas arremetieron contra él, nada más poner los pies en Barajas, porque tomó la acertada decisión de pedir que se contratase a un portero alto. Uno que, levantados los brazos, midiera más de dos metros. El elegido fue Bodo Illgner, que estaba ya casi en el final de su carrera, y a Buyo le tocó quedar relegado.

Buyo era, en aquel tiempo, un guardameta de grandes reflejos, decido y valiente en las salidas a ras de suelo, y dueño de un magistral saque orientado. Había formado, en ese aspecto, una rentable sociedad con Hugo Sánchez. El único problema del gallego, de Betanzos, es que era bajo. Y los porteros bajitos no dominan el juego aéreo, y el juego aéreo es de vital importancia para que sus compañeros no se muden de color cada vez que han de defender un córner o los balones que llegan desde los costados. Sólo quienes han sido profesionales son capaces de saber de qué manera los nervios hacen presa en los jugadores cuando son conscientes de que el portero no es el dueño del área pequeña. De hecho, con un guardameta así, todos los defensas terminan desquiciados y rindiendo por debajo de sus posibilidades. Repasen, si no, lo que ha venido ocurriendo en el Madrid, durante las últimas temporadas.

Pues bien, si Capello prescindió de Buyo, que era, sin ningún género de dudas, muy superior a Casillas, cómo no iba a decir, diez año después, que éste era bajo y que a él le gustaba Buffon, y aún más: que veía más cualidades en Diego López. Desde ese momento, todos los plumillas del madridismo se lanzaron a la yugular del entrenador y empezaron a criticar su forma de concebir el fútbol e hicieron del Trofeo Carranza un duelo. Una tragedia. Como si no supieran, por fanáticos o por desconocedores de lo que escriben, que hacer un equipo nuevo requiere cierto tiempo.

Y es que el incuestionable, como denominan a Iker, está por encima del bien y del mal y se ha convertido en un símbolo de la prensa madrileña, que no permite que al muchacho le moleste ni siquiera el viento que transita por Valdebebas. He aquí el típico ejemplo de un deportista que ha nacido de pie. Y a quien un cuento sobre él, magníficamente narrado, le ha valido para que sus aciertos se exageren y sus errores se solapen a toda costa.

En el mundo del toro, cuando sucede algo similar, llega el toro y pone las cosas en su sitio. En el mundo del fútbol, ante casos así, se requiere la intervención de un entrenador con suficiente valor para decir hasta aquí hemos llegado. Capello puede y quiere acabar con el mito, pero al no poder contar con Buffon, ha puesto los ojos en Diego López. Aunque, entrenador experimentado y listo, se ha percatado de que a López no le van a perdonar el menor fallo y se ensañarían con él. Y sería peor el remedio que la enfermedad. De todos modos, el propio Iker se ha dado cuenta de que tanta publicidad y tanta defensa a ultranza, terminará por pasarle factura.
 

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