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OPINIÓN - SÁBADO, 16 DE SEPTIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Oriana Fallaci
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Leo que ha muerto Oriana Fallaci, una periodista de verdad y una escritora capaz de ponerse el mundo por montera en momentos cruciales y peligrosos. A mí me atraía todo lo que esta mujer escribía cuando era corresponsal de guerra. Y, sobre todo, me pirraba por sus entrevistas.

Sus preguntas llevaban siempre la marca de quien trataba por todos los medios de poner a sus entrevistados entre la espada y la pared. Ni siquiera les concedía ese derecho de confiarlos de principio con la amabilidad preparada a propósito.

No se permitía el menor respiro y, por tanto, tampoco podían disfrutarlo quienes se sentaban frente a ella. De ahí que, por ejemplo, Leopoldo Fortunato Galtieri, general argentino catalogado de “duro” y responsable de la guerra de las Malvinas, perdiera los nervios ante la inquisidora Oriana y a punto estuvo de agredirla.

La Fallaci lo tenía casi todo: era alta, vestía con sobria elegancia y era capaz de irse a la guerra de Vietnam y adelantar acontecimientos que luego se fueron cumpliendo inapelablemente. Era temida, odiada, querida y amada a partes iguales. Ganó fama de reportera intrépida que se jugaba la vida allá donde había una revolución, una guerra, un golpe de Estado o se atrevía a indagar entre los coroneles griegos que se sublevaron en su día.

Cuando sus enemigos, que eran muchos y que no le perdonaban ni la fama ni la celebridad alcanzadas, la tachaban de hacerse la valiente, ella respondía con rotundidad y un par de ovarios: “No me hago la valiente, es que lo soy”.

Fue durante mucho tiempo la figura en la cual se miraban las jóvenes periodistas. Cualquier comparación con la Fallaci era un halago y un galardón que jamás olvidaría la premiada. Y, por si fuera poco, se declaraba feminista pero indicando el camino que debían recorrer las mujeres, en sus diferentes posiciones, para alcanzar el respeto y la igualdad necesarios.

No era extraño, pues, que en los años sesenta y setenta la italiana fuera el centro de la atención de innumerables mujeres. Y, desde luego, los hombres más poderosos del mundo intentaban por todos los medios camelarse a aquella hembra con tamaño carácter y tan dispuesta siempre a jugársela.

Se dice que apabulló a Richard Nixon durante una entrevista y que dejó boquiabiertos a Salvador Allende, a Jean-Paul Sartre, a Pablo Picasso... Cierto que a todos consiguió retratarlos de manera extraordinaria y supo describir, como nadie, el ambiente en el cual se movían. Sin embargo, la entrevista que quedó como ejemplo del buen desempeño periodístico, se la hizo al vicepresidente saliente Deng Xiaoping, cuando en la sociedad China reinaba la euforia desmaoizadora.

Se unió a Helenio Herrera. Amistad que nació de una entrevista que le hizo a otro personaje polémico, controvertido, famoso, y capaz de darle coba al lucero del alba. La muerte del prestigioso entrenador la dejó tocada de un ala y vivió su retiro en silencio hasta que ocurrió lo de las Torres Gemelas. Enferma de cáncer y ciudadana estadounidense, se irguió con furia y escribió con la prosa urgente de los grandes periodistas un ensayo demoledor contra la cobardía de un Occidente acojonado por los terroristas.

Fue leída con avidez y, como siempre, sus escritos dividieron a la opinión pública que volvió a darse cuenta de que Oriana Fallaci, a pesar de su enfermedad y de vivir en situación de reserva, podía aún hacerse leer, oír y notar. Sabía que le quedaba un suspiro de vida y quiso intervenir para demostrar que ni siquiera la enfermedad le había privado de ese valor innegable que la había distinguido siempre. Hoy, enterado de su muerte, ruego por tan grande mujer.
 

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