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OPINIÓN - SÁBADO, 16 DE SEPTIEMBRE DE 2006

 
OPINIÓN / EL MAESTRO

“El Convoy de la Victoria”

Por Andrés Gómez Fernández


En un documento fechado entre los años 1947-48, se daba cuenta de los proyectos del Ayuntamiento de nuestra ciudad, presidido por D. José Rojas. Entre ellos se encontraba la construcción del Grupo Escolar “Convoy de la Victoria”, que iría en la Barriada de Hadú con el fin de reunir en un grupo las cinco escuelas de niños, las cuatro de niñas, dos de párvulos, así como la Hispano-Árabe; en total doce diseminadas, en la actualidad en varios lugares de “mala vecindad”, así como catorce viviendas para maestros y conserjes. El asunto se está gestionando con el Ministro de Educación Nacional”.

El colegio se construyó, pero, no, las viviendas para maestros y maestras; para el conserje se habilitó una vivienda a partir de un aula. En principio, el Grupo se dividió en dos secciones: una dedicada a las alumnas y la otra a los alumnos. El patio de recreo, de amplias dimensiones, marcaba la separación por medio de un muro central consistente, con una altura de algo más de un metro, con lo que se conseguía que los niños y niñas no se mezclaran. (Maleni, una alumna de los años setenta recuerda el derribo del muro de la siguiente manera: “cuando lo echaron abajo, nos pareció como la retirada del muro de Berlín. Se dieron pasos al frente. Se unieron niños y niñas, era lo más natural, era y es la realidad del mundo. Interacción hombres-mujeres en todos los órdenes de la vida”).

De la sección de niñas se responsabilizó Dº Manuela Rusillo Aguilar, directora por oposición, dinámica, emprendedora y de gran carácter, capaz de “poner firmes” al Gobernador de la Plaza.

Era tan fuerte su influencia, que los Inspectores apenas visitaban el Centro, ya que estaba más que probado que con ella todo iba bien. Pasados unos años, asumió la responsabilidad de las dos secciones, erigiéndose el centro en dirección única.

Me comentaba Dª Manolita –se lo diría a todos- que el Sr. Alcalde le hizo el ofrecimiento de que el Grupo Escolar llevara su nombre, pero ella se opuso, y, en un gesto patriótico, propuso el nombre “Convoy de la Victoria”. La alumna antes aludida, se expresa así, evocando su Colegio: “Aunque sé que ahora se denomina “Ramón y Cajal”, para mí será “Convoy de la Victoria”, para toda la vida. Para mí era un buen Colegio. Allí crecí y me desarrollé como persona y progresé tanto a nivel intelectual como a nivel humano…”

Pero, ¿cómo era la enseñanza en aquellos primeros momentos? Dª. Teresa Sánchez, alumna de los años inmediatos a la construcción del Colegio, se expresa así: “Con cinco años empezamos, mi hermana y yo, en la clase de párvulos. Somos gemelas. Nuestra maestra, Dª Eugenia, nos llamaba cariñosamente mis ‘polluelos’. Había clase por las mañanas de nueve a doce y por la tarde de tres a cinco. Mi madre nos llevaba y nos recogía. Los desplazamientos los hacíamos andando, desde la Barriada Valiño, donde vivíamos. Cuando llovía, nos poníamos ‘empapadas’.

Por la tarde nos daban la merienda: un bollito y una pastilla de chocolate. Yo era muy inquieta, y la maestra salió un momento. Cuando llegó la canasta con los bollitos y el chocolate, yo cogí una pieza y le di un bocadito. Cuando regresó Dª Eugenia, preguntó en voz muy alta, quién había mordido el chocolate, y todas las niñas contestaron: ¡Teresa! ‘Pues se queda sin merienda’. Salí llorando y me preguntó mi madre que por qué lloraba. Yo le contesté lo que me había pasado. Y me llevó a la tienda de ‘Marcelino’ y me compró un bollo y chocolate. Al día siguiente, la maestra preguntó que quién se había quedado sin merienda. Nadie contestó. Yo tampoco, pues me enfadé mucho. No quise coger la merienda. Atila, una niña muy buena, se benefició.

Tanto mi hermana como yo tuvimos problemas para hacer la Primera Comunión. Cuestión de los trajes. La Sra. Directora era muy exigente. Con grandes dificultades mi madre nos pudo comprar los dos equipos y una vecina -siempre se lo agradeceré- nos hizo los trajes.

La misa: obligatoriamente teníamos que asistir. De ellos se encargaba una niña –nombrada por la directora- que tomaba nota de las que no asistían. Por supuesto que eran castigadas.

Con diez años nos integramos en el Coro de la Iglesia. D. Luís, un policía local, tocaba un piano grande. Ensayábamos en el tiempo del recreo.

Tengo gratos recuerdo de las Maestras: Dª. Eugenia, Dª. Carmen, Dª. Mercedes, que era de Úbeda y nos hablaba mucho de su pueblo, Dª Ana María y Dª Marta.

Mi maestra decía que yo estudiaba más que mi hermana, pero ella decía que ‘como siempre estábamos juntas, con una que estudiara era suficiente’.

A la entrada se subía la bandera con el himno nacional. Como no podíamos mezclarnos con los niños, en el centro del patio había un arriate con flores, que respetábamos. Usábamos un único libro: la Enciclopedia. La maestra me preguntó que quien era la mujer de Abraham. Yo dije que Rebeca. Me equivoqué. Pero me la di de graciosa, y me atreví a responder, ‘bueno si no ha sido Rebeca, será Chaquetón’. Me costó el recreo.

En ocasiones teníamos que pasar el papel de lija a los pupitres. Nos daban leche en polvo y unos trozos de queso que estaban muy ricos. Nos regalaron unos ‘polos’ y telas para faldas. Era el uniforme. Nos pusimos muy contentas. Para los más necesitados existía el comedor. La cocinera era la Sra. Petra, que era muy trabajadora. Nos ponía 1º, 2º plato y postre. Éste era un plato de arroz con leche.

Cuando no nos sabíamos la lección había que copiarla 50, 100, 200 veces… No ganábamos para papel y utilizábamos hasta el de estraza.

Fui elegida para un viaje a El Escorial. Fue una oportunidad perdida. Mi madre no me dejó, temerosa de los accidentes. Cuando aprobé el certificado de escolaridad, dejé los estudios. Mi hermana continuó. Mi maestra habló con mi madre para que yo pasara al Instituto. No pudo ser, ya que mi hermano ya estaba estudiando el Bachillerato, y mis padres no disponían de recursos. Sólo el autobús nos costaba seis perras gordas. Hasta ahí llegaron mis estudios, pero la lectura nunca la abandoné. Me agrada, y leo todo lo que cae en mis manos.
 

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