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OPINIÓN - MARTES, 19 DE SEPTIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Don de gentes
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Está demostrado que Juan Vivas tiene don de gentes. Y no es la primera vez que uno destaca esa habilidad tan suya. Es diestro en el arte de encandilar a primera vista, y también del más difícil todavía: mantener esa grata impresión entre quienes le dieron nota alta, nada más intercambiar las primeras palabras con él. Una tarea complicada, a más no poder, pero que el presidente la realiza con el mínimo esfuerzo.

Me consta que incluso cuantos trabajan codo a codo con él y, lógicamente, salen a veces hasta los adminículos de cómo entiende el presidente que han de hacerse las cosas, terminan cayendo en las redes de esa forma de ser de un Vivas perito en tareas de relacionarse con los demás.

Y, desde luego, estoy legitimado para decir que hasta los que, en algún momento, se vieron perjudicados por cualquier decisión del Vivas funcionario o del Vivas político, lo juzgan con menos severidad que si los daños recibidos hubieran sido obra de otros.

Habrá quienes piensen, y están en su perfecto derecho, que a nuestro hombre se le juzgan siempre sus errores con una benevolencia que no se tiene con otros. Y, sin duda, se le destaca sobremanera su buen hacer y se le concede suma importancia a cualquier detalle carente de relieve.

Así, ninguna extrañeza produce cuando se refieren a él como alguien que ha nacido de pie. Que tiene la suerte de los quebrados, o que a la gente es por lo que le da y que ahora -bueno, desde hace ya muchos años- le ha dado por cantar que Juan Vivas es cojonudo, y que como él no hay ningún político en esta tierra que le llegue a la altura de sus zapatos. O sea, miren ustedes, que de darse estas circunstancias en Cádiz, un suponer, todo se resumiría con la siguiente vulgaridad: Con Juan Vivas hay que mamar... ¿Por qué?... Vayamos con ello.

Llegado tarde a la política activa, aunque se ha pasado toda una vida despachando con políticos y observándolos con mirada de médico de cabecera antiguo, entendió bien pronto que lo que no podía es transformar su forma de ser en el trato con los ciudadanos. Que estaba obligado a ser la misma persona que todos conocían y que a pesar del desgaste que producen los cargos importantes, y el suyo lo es, nunca debía mostrarse atrabiliario.

Cierto que Juan Vivas ha tenido un espejo donde mirarse para que el poder no lo convirtiera en una persona irritable y tonante y de carácter variable. Esa persona es, dicho sin acritud, Paco Fraiz. Capaz de cautivar durante las campañas electorales por su simpatía, su esplendidez, su encanto, su trato acogedor con tirios y troyanos, y por esa sensación amistosa que desprendía. Lo cual le hacía ganarse el favor de los votantes.

Sin embargo, en cuanto se sentaba en el sillón donde los huevos requieren atención permanente para que no se desmadren, tiraba por la borda el capital político ganado en buena lid. Era otro Paco Fraiz. Era, de verdad de la buena, un hombre empeñado en arruinar todo lo obtenido en la calle. Un azote para los suyos y un peligro constante para la convivencia.

Pues bien, jamás he hablado de ello con Juan Vivas, entre otras razones porque yo no acostumbro a frecuentar a los presidentes. Aun así, me consta que la tragedia política de Fraiz es algo que él conoce y le sirve, por mucho que sean personas muy distintas, para no deslizarse por caminos conducentes a la perdida de confianza de una ciudad que lo distingue como el mejor.

No obstante, y en vista de que en política hay también personas destacadas en la sombra, no olvide el presidente, cuando llegue su momento, que Emilio Carreira, huraño cual hosco, en bastantes ocasiones, es pieza que no debe dejar escapar. Confíe en mi intuición, presidente.
 

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