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OPINIÓN - LUNES, 7 DE DICIEMBRE DE 2009

 

OPINIÓN / EL MAESTRO

El sueño del Sr. Gutiérrez
 


Andrés Gómez Fernández
andresgomez@elpueblodeceuta.com

 

El Sr. Gutiérrez estuvo escolarizado en el “C.P. Santiago Ramón y Cajal”, cuando todavía se llamaba “Convoy de la Victoria”, del que era Directora la inolvidable Dª Manolita. Junto a él, sus dos hermanos menores, un chico y una chica, que, en particular ella, convivió con su sustituta Dª Ángeles. Los tres hermanos guardan gratos recuerdos del citado centro educativo, resaltando el buen ambiente de convivencia que se vivía en el mismo, entre el alumnado cristiano y el musulmán.

Centrado el relato en el mayor de los hermanos, el Sr. Gutiérrez, en mis diarios desplazamientos por los distintos puntos de nuestra localidad, es raro que no me tropiece con él, donde, inevitablemente, me cuenta hechos, acontecimientos de su estancia en el Colegio. En principio demuestra que tiene información al día, recordándome que en su tiempo, no era así, que ahora los papales se han cambiado, que los “agresores” de antes se han convertido en “agredidos”.

Como siempre forma parte de su guión, me recuerda las relaciones que mantuvo con dos maestros, una mujer y un hombre, que como él no era un alumno de buen rendimiento, todos sus fallos querían resolverlos con serios castigos. La maestra en su primera etapa y el maestro en la segunda, guardándose muy bien de mencionar los distintos tipos de castigos que les aplicaban, dando la impresión que cada uno competía para la “cantidad” y la “calidad”.

El Sr. Gutiérrez se guardaba muy bien de dar conocimiento a sus progenitores de los “atropellos” que recibía en el Colegio, porque, encima, sus padres les castigaban, dándoles la razón a sus maestros.

Me recuerda, como hecho muy significativo, las “fiestas” de Navidad que, con el consentimiento del maestro y la promesa de los alumnos, que al final de las mismas tenía que dejar el aula limpia y ordenada, ¡y cada alumno en su grupo!. Eran tiempos, todavía, de crucifijos y “belenes”, es decir, que no se cuestionaba que Jesús Crucificado ocupara un lugar preferente en el aula y, que, en un rincón de la misma, el Misterio del Nacimiento del Hijo de Dios. ¡Y aquellos improvisados villancicos!

No pudo nuestro protagonista conseguir el Graduado Escolar, que por la EGB se otorgaba al que conseguía superar el 8º Curso; para aquellos que cumplida la edad reglamentaria, los catorce años, y no habían conseguido el Graduado Escolar, se les otorgaban el llamado Certificado de Escolaridad, con el cual podía acceder al mundo laboral, o bien, iniciar estudios de Formación Profesional. Él, como muchos alumnos de aquellos momentos, se vería atraído por aquellos “trabajillos” que, de manera intermitente, se producían en nuestra ciudad, aunque muchos se metían voluntario en el Ejército, en aquella “mili” obligatoria.

Después, se dedicaría, como sus hermanos, a la venta de cupones de lotería, Cruz Roja y Once, indistintamente. Sus dos hermanos en lugares estacionados, “fijos”; mientras él de forma ambulante, de un lado para otro, demostrando su buena condición física. Ofreciendo de forma respetuosa a los posibles clientes, sus productos.

En nuestros diarios encuentros, el “clásico” saludo, rompiendo todo tipo de protocolo, ¡hola “amigacho”, quieres algo para hoy!. En una ocasión, siendo testigo una habitual cliente, me decía que él era el vendedor de los “finales”, utilizando una forma especial y modesta de promocionar sus cupones.

Me contó una anécdota, basada en una estrategia utilizada para “deshacerse” de sus cupones: ”Yo, cuando veo que la jornada no va bien recojo y guardo, sin hacerlos visibles, dejando solamente uno, que muestro al futuro cliente, y pregonando “el último” cupón que me queda, ¡que va a tocar!. Algunos clientes “pican”, pero otros “pasan”. En una ocasión, y ante mi insistencia, el futuro cliente, quiso tentar a la fortuna y llevarse el cupón; pero, al pagarme, me sacó un billete de 100 euros, que yo veía por primera vez, y que, naturalmente, yo no tenía cambio. No tuve más remedio que quedarme con el cupón, que por cierto, no salió premiado”.

Y es que cada lotero utiliza la estrategia que más rendimiento le produce. En los momentos actuales, se comenta: “Notamos la crisis, como todos aquellos que se dedican a la venta de determinados productos, aunque según comentan no tardará mucho tiempo en recuperarse la normalidad ¡Dios lo quiera!

Aparentemente da la impresión que nuestro trabajo es muy sencillo. ¡Hombre, aquellos que disponen de un quiosco no temen al mal tiempo!. En mi caso, por dedicarme a “patear” muchos rincones, con el mal tiempo no lo paso bien. Otro aspecto de nuestra “profesión” es el aspecto económico, que tenemos que vender todos los cupones disponibles, para sacar el porcentaje necesario y disponer de fondos para la inversión del día siguiente.

Hablando de sus proyectos futuros, me contestó: “Yo ya no soy persona de futuro. Estoy casi en los cincuenta años. Yo ya no puedo hacer otra cosa. Seguiré vendiendo cupones, hasta que mi salud me lo permita. Pero tengo un sueño, que no sé si podré realizarlo: ahorrar lo necesario para comprarme una vivienda, aunque yo, con mis modestos ingresos, creo que nunca se realizará; pero lo intentaré, para lo cual estoy privándome de muchas cosas. Ahora vivo con mi hermana. Me gustaría disfrutar de independencia, y quien sabe si estando todavía en edad de merecer, formar una familia.
 

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